El jueves, veintiuno de julio de dos mil dieciséis
transcurría dentro de lo que usualmente es un día laboral en CitiService,
decenas de compañías abarrotaban los medios de comunicación que Citibank ha
establecido para que sus clientes acudan al banco, en caso de necesitar
asistencia; el teléfono, el correo y el fax no daban abasto ni tampoco dejaban
de sonar. ‘Envié una transacción y el
beneficiario no ha recibido los fondos’, ‘estoy en el punto más crítico de mi auditoría anual y aún no recibo
las certificaciones para PWC’, ‘how
long will it take for the bank to adjust our account, these entries are still
pending and we need to close the month as son as possible ?’, en inglés y
en español los clientes desesperados generaban presión buscando respuestas casi
inmediatas ante situaciones que parecían sacadas del versículo más trágico del libro
del apocalipsis. Por otro lado, el gerente del área en su afán de figurar a
nivel regional, no dejaba de recomendarnos y recomendarnos clientes y
solicitudes que debían ser atendidas, según él, de manera inmediata.
De esa forma transcurrieron las primeras horas del día hasta
la tan esperada hora del almuerzo; esa hora de paz, tranquilidad y sosiego en la
que pareciera que el tiempo desafía todas las leyes y teorías de la física
porque en vez de ser sesenta minutos, realmente se siente como si fueran
veinte. De regreso a las actividades, todo se tornó un poco más calmado y los
contadores, tesoreros y auditores de Ecopetrol, Procter & Gamble y Bayer,
entre otros, aparentemente ya habían encontrado algo más productivo y
enriquecedor para hacer que contactar al banco para quejarse hasta de sus
problemas personales, asuntos maritales y frustraciones profesionales. Con los
teléfonos en silencio, los correos gestionados en su totalidad, con nuestro
gerente de reunión en reunión y después de casi seis horas de trabajo incesante,
la paz se tomaba el ala norte del décimo piso del edificio corporativo de
Citibank, Zona Industrial.
Faltando cuarenta y cinco minutos para las cinco de la
tarde y de regreso en el área, el gerente me pidió que fuera hasta su oficina.
Con la peor de las expectativas y pensando que más responsabilidades me serían
asignadas, me acerqué para atender su llamado, después de trabajar intensamente
durante los últimos dos años, Roberto estaba por darme una de las mejores
noticias que he tenido en los últimos doce mes; ‘¡felicitaciones, Edwar!, hemos revisado tu desempeño y las
calificaciones que has tenido en los últimos años y hemos tomado la decisión de
darte una promoción para que trabajes con los clientes más importantes y
grandes que tiene el banco en Latinoamérica y que tienen su tesorería basada en
Miami’.
Con esa noticia, en mi mente Roberto inmediatamente pasó de ser un monstruo adicto al trabajo que pensaba que, en vez de tener seres humanos a cargo, tenía pulpos o máquinas a ser una de los pocos gerentes que realmente han trascendido sobre los típicos discursos de crecimiento y desarrollo profesional desde que trabajo en Citibank. Posterior a esta noticia, salí del banco camino a la universidad más motivado y con más ganas de continuar trabajando en mi formación como profesional.
Ese día veía de seis a ocho de la noche, investigación cualitativa y de ocho a diez, finanzas básicas. Salí a tomar la ruta de SITP que día a día tomo sobre la tan contaminada avenida sesenta y ocho. Pasados ocho minutos y siendo las cinco y quince, finalmente pude abordar el bus que me llevaría directo a la Pontifica Universidad Javeriana. La ruta del bus, desde la calle trece hasta la calle veintiséis por toda la avenida sesenta y ocho, la congestión vehicular y la ya típica contaminación de la zona hacen un tanto tedioso el corto recorrido a dicha atura, tan diferente de cuando el bus gira hacia la bella y planificada calle veintiséis que está repleta de árboles en los separadores que amenizan y contribuyen a mejorar mi experiencia de viaje camino a la universidad.
Estando en la universidad y siendo la primera semana después de vacaciones, nervioso y con un montón de expectativas me dispuse a subir el empinado camino hacia el edificio Fernando Barón. Ya estando frente a dicha estructura, emprendí la misión de encontrar el que se suponía era el salón número cero diecisiete, después de caminar por todo el edificio buscando la referencia del salón y ante la evidente inexistencia de ese número, decidí preguntarle a uno de los guardas de seguridad que custodian el ingreso a la edificación. La persona me indicó que debía bajar al piso cero y que el salón era el cero siete, no el cero diecisiete. Procedí a tomar las escaleras y siguiendo las instrucciones, me encontré con una cantidad de alumnos confundidos por la diferencia de numeración para los salones en el piso cero. Todos se miraban entre sí como preguntándose la materia que estaban buscando, ¡eso sí!, sin pronunciar tan siquiera una palabra porque, ¡qué horror y qué oso! evidenciar la falta de conocimiento del campus de la universidad y dejar a la vista una ‘primiparada de neojaveriano’.
Después de cinco minutos en el piso cero, llegó e ingresó al salón quien aparentaba ser el profesor asignado para la materia; después de él, ingresé yo y ante la duda, decidí preguntarle si la clase era investigación cualitativa, procedí a sentarme en uno de los computadores de la sala. Posterior a esto, el profesor empezó a escudriñar entre las horribles fotos de los estudiantes que conformaban la clase, continuó llamando a lista y preguntando a qué programa de pregrado pertenecía cada persona. La clase se desarrolló entorno a los temas que veríamos a lo largo del semestre, las directrices y normas a las cuales debíamos acogernos. El énfasis del profesor con respecto a nuestras habilidades en redacción y ortografía fue claro, cualquier error de ortografía tendría una consecuencia directa sobre nuestra nota, de manera que el estudiante se sentiría en la necesidad de preparar textos con ideas claras y sobretodo, con buena redacción y con muy buena ortografía. Esa misma tarde y para contextualizar la importancia de una buena redacción y una buena ortografía, revisamos también la noticia del profesor de la Pontifica Universidad Javeriana que, ante la pésima redacción de sus estudiantes de comunicación, decidió dejar la universidad. De esta forma, nuestro profesor nos indicó que para cada clase debíamos construir un texto de mil doscientas palabras en donde describiéramos cualquier cosa.
El objetivo, afianzar nuestras habilidades en aspectos como redacción, ortografía y gramática. Finalmente, la clase concluyó y mis expectativas terminaron bastante altas pues siempre me he caracterizado por ser una persona que le da gran importancia a la comunicación oral, a las habilidades en lectoescritura, a la ortografía y a la redacción, continuamente trabajo en mejorar y ampliar mi vocabulario pues para mí es claro que entre más y mejor dominio se tiene del idioma, menores son los limitantes a los que podemos enfrentarnos en diferentes aspectos de nuestras vidas.
Con esa noticia, en mi mente Roberto inmediatamente pasó de ser un monstruo adicto al trabajo que pensaba que, en vez de tener seres humanos a cargo, tenía pulpos o máquinas a ser una de los pocos gerentes que realmente han trascendido sobre los típicos discursos de crecimiento y desarrollo profesional desde que trabajo en Citibank. Posterior a esta noticia, salí del banco camino a la universidad más motivado y con más ganas de continuar trabajando en mi formación como profesional.
Ese día veía de seis a ocho de la noche, investigación cualitativa y de ocho a diez, finanzas básicas. Salí a tomar la ruta de SITP que día a día tomo sobre la tan contaminada avenida sesenta y ocho. Pasados ocho minutos y siendo las cinco y quince, finalmente pude abordar el bus que me llevaría directo a la Pontifica Universidad Javeriana. La ruta del bus, desde la calle trece hasta la calle veintiséis por toda la avenida sesenta y ocho, la congestión vehicular y la ya típica contaminación de la zona hacen un tanto tedioso el corto recorrido a dicha atura, tan diferente de cuando el bus gira hacia la bella y planificada calle veintiséis que está repleta de árboles en los separadores que amenizan y contribuyen a mejorar mi experiencia de viaje camino a la universidad.
Estando en la universidad y siendo la primera semana después de vacaciones, nervioso y con un montón de expectativas me dispuse a subir el empinado camino hacia el edificio Fernando Barón. Ya estando frente a dicha estructura, emprendí la misión de encontrar el que se suponía era el salón número cero diecisiete, después de caminar por todo el edificio buscando la referencia del salón y ante la evidente inexistencia de ese número, decidí preguntarle a uno de los guardas de seguridad que custodian el ingreso a la edificación. La persona me indicó que debía bajar al piso cero y que el salón era el cero siete, no el cero diecisiete. Procedí a tomar las escaleras y siguiendo las instrucciones, me encontré con una cantidad de alumnos confundidos por la diferencia de numeración para los salones en el piso cero. Todos se miraban entre sí como preguntándose la materia que estaban buscando, ¡eso sí!, sin pronunciar tan siquiera una palabra porque, ¡qué horror y qué oso! evidenciar la falta de conocimiento del campus de la universidad y dejar a la vista una ‘primiparada de neojaveriano’.
Después de cinco minutos en el piso cero, llegó e ingresó al salón quien aparentaba ser el profesor asignado para la materia; después de él, ingresé yo y ante la duda, decidí preguntarle si la clase era investigación cualitativa, procedí a sentarme en uno de los computadores de la sala. Posterior a esto, el profesor empezó a escudriñar entre las horribles fotos de los estudiantes que conformaban la clase, continuó llamando a lista y preguntando a qué programa de pregrado pertenecía cada persona. La clase se desarrolló entorno a los temas que veríamos a lo largo del semestre, las directrices y normas a las cuales debíamos acogernos. El énfasis del profesor con respecto a nuestras habilidades en redacción y ortografía fue claro, cualquier error de ortografía tendría una consecuencia directa sobre nuestra nota, de manera que el estudiante se sentiría en la necesidad de preparar textos con ideas claras y sobretodo, con buena redacción y con muy buena ortografía. Esa misma tarde y para contextualizar la importancia de una buena redacción y una buena ortografía, revisamos también la noticia del profesor de la Pontifica Universidad Javeriana que, ante la pésima redacción de sus estudiantes de comunicación, decidió dejar la universidad. De esta forma, nuestro profesor nos indicó que para cada clase debíamos construir un texto de mil doscientas palabras en donde describiéramos cualquier cosa.
El objetivo, afianzar nuestras habilidades en aspectos como redacción, ortografía y gramática. Finalmente, la clase concluyó y mis expectativas terminaron bastante altas pues siempre me he caracterizado por ser una persona que le da gran importancia a la comunicación oral, a las habilidades en lectoescritura, a la ortografía y a la redacción, continuamente trabajo en mejorar y ampliar mi vocabulario pues para mí es claro que entre más y mejor dominio se tiene del idioma, menores son los limitantes a los que podemos enfrentarnos en diferentes aspectos de nuestras vidas.
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